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La ciencia ataca directamente a la astrología
por dos motivos esenciales, el político y el económico,
al igual que sucede con el ataque de la religión. El motivo político
es muy fácil de explicar y comprender: la ciencia "oficial"
se encuentra en lo más alto del poder en cuanto a conocimiento.
El viejo sueño de poder decir: "esto es así porque
lo digo yo", ha ido pasando de manos de reyes y papas a científicos.
Pensemos una cosa: si leemos "un estudio científico ha descubierto
que el cuerpo puede encontrar su propia cura para determinadas enfermedades,
sin necesidad de consumir medicamento alguno" ¿qué
sensación obtenemos? ¿Qué pensaremos? En primer lugar,
lo daremos por válido, porque es "científico",
por lo que no se nos ocurrirá cuestionarlo en absoluto (¿será
verdad o no?), sino que trataremos de encontrar los casos en los que nos
ha pasado a nosotros. Ahora, si leemos "un equipo de astrólogos
ha descubierto que el cuerpo puede encontrar su propia cura para determinadas
enfermedades, o un grupo de videntes, o un equipo de ocultistas (sin que
haya paralelismo entre ellos)", nuestro primer pensamiento no irá
hacia lo que nos ha pasado, sino hacia la pregunta "¿será
verdad esto?. Unos dirán después "pues a lo mejor sí",
y otros dirán "¡qué tontería!". Es
esa postura de privilegio, de poder, de haber escrito en nuestros cerebros
ciencia=verdad lo que los científicos no quieren perder, y atacan
a todo lo que trate de arrebatárselo, llámese astrología,
historia o psicología.
En cuanto al motivo económico, hay que recordar que la ciencia
vive del Estado en su mayoría (astrónomos, físicos,
profesores, investigadores...) o de empresas que, entre otras cosas, fabrican
armas (1ª industria más contaminante del mundo), crean medicamentos
con destino a los países ricos (2ª industria más contaminante
del mundo). Pero lo más asombroso del tema es que todos los astrónomos
y astrofísicos que viven de su trabajo, cobran del Estado, es decir,
los pagamos entre todos. Y el enorme gasto en investigación espacial
o armamentística, o en aceleradores de partículas (España
va a gastarse 5.000 millones de pesetas en su parte para la construcción
de uno europeo), resulta que luego no nos beneficia a todos, que somos
los que lo pagamos, sino a las empresas que luego van a explotar los nuevos
descubrimientos.
Es ese motivo económico el que ha hecho caer a la propia ciencia
en situaciones ridículas, pero válidas si se trata de seguir
recibiendo dinero de todos nosotros. Veamos un par de ejemplos:
1) Hace 15 años, la ciencia negaba taxativamente el tema OVNI,
tomándose a broma el tema y a sus investigadores, y criticando
no ya la existencia de vida en otros mundos, sino la propia posibilidad
de existencia de otros mundos, algo que no interesaba a ningún
astrónomo, que no se molestaba en prestarle atención ante
la amenaza de ser atacado por sus propios colegas. En cuanto el Estado
amenazó con recortes económicos, tanto por las divisiones
internas como por el sendero cada vez más complejo en que se estaba
metiendo la astrofísica, sin apenas resultados y con costes altísimos,
la ciencia de repente empieza a encontrar planetas
por todas partes, cada vez en más estrellas diferentes,admite la
posibilidad de vida extraterrestre y se lanza a enviar mensajes codificados
y naves con datos sobre la Tierra para informar a posibles extraterrestres.
2) Hace menos de 10 años, la ciencia se reía de la posibilidad
de vida en Marte, como si sólo fueran un cuento de H.G. Wells.
La ciencia lo sabe todo, y en Marte no puede haber vida. En unos pocos
años, en cuanto llegaron los recortes presupuestarios (del dinero
de todos) sobre los viajes a los planetas cercanos, aparece de la noche
a la mañana la idea de la posibilidad de vida en Marte y son los
propios científicos los que lo afirman (1996). Empiezan a aparecer
datos que lo confirman, cada vez más meteoritos con evidencias
de vida en Marte,
y luego un día nos bombardean con las mismas imágenes del
mismo cochecito encallado en un metro cuadrado de la superficie marciana
y nos aseguran que está durando el doble de lo previsto y que está
enviando una enorme cantidad de información, que no debía
ser tan enorme porque nunca más se supo de ella, por lo menos los
comunes de los mortales, que fuimos los que pagamos ese viaje.
Y luego están las teorías que nos cuestan dinero a todos
tanto para su enunciado, como para sus posteriores estudios e investigaciones.
Así, como la ciencia es la verdad, pues resulta que pagamos a los
científicos para que nos digan, por ejemplo, que todo el Universo,
o sea, todos los planetas, el sol, las estrellas, las galaxias, todo,
esa enorme cantidad de cuerpos de tamaño gigantesco (podemos hablar
de algo así como más de 1.000.000.000.000.000.000 de estrellas
y planetas), pues al principio estaban todos apretados y juntitos dentro
de un puntito más pequeño que la cabeza de un alfiler. (Teoría
del Big Bang, la que el astrofísico Fred Hoyle afirma que sólo
es propaganda de la NASA). O el estudio también pagado entre todos
de las partículas que componen el átomo. Hay algunas, como
los mesones, que no se han encontrado todavía de manera práctica
en el átomo, es decir, que aún no se sabe si existen o no,
pero que se supone que están. Aún así, ya han descubierto
que se dividen en: piones, muones y kaones. Y, encima, ya nos dicen que
los piones pueden ser positivos, negativos o neutros, y los muones se
desintegran en un electrón, un neutrino y un antineutrino. Claro,
luego hay que pagar 100.000 millones de pesetas para construir un acelerador
de partículas para buscarlos. Del dinero de todos.
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