Más Navidad global
Hay una regla de oro respecto a la televisión y los niños: los padres deben sentarse junto a ellos y compartir la visión de sus programas, comentando, cuestionando lo que se ve, o aprovechando para explicarles algunas cosas.
En los tiempos en que vivimos es muy difícil cumplir esta regla, porque la mayoría de las veces estamos muy ocupados, así que la practicamos poco. Sin embargo, esta nueva Navidad global que nace en noviembre está demostrando que, realmente, nadie lo hace, porque es incomprensible que no haya surgido ninguna voz para protestar contra la publicidad infantil en estas fechas.
Haga la prueba: siéntese hoy mismo a ver un programa con su hijo, o comparta las más de tres horas y media de televisión que ven al día. Luego cuente los anuncios de juguetes, escandalosamente subliminales, con voces agitadas en forma de orden disciplinario que gritan las maravillas de lo que venden mientras nos muestran escenarios falsos, modelos infantiles a los que equipararse o instrucciones precisas de compra.
Siéntese y sobreviva a una lista que a veces supera los 20 spots consecutivos, donde se suceden maravillosos juguetes que luego acaban amontonándose en su habitación, o en el trastero, como títeres que trataron de enjugar nuestro sentimiento de culpa, o como sustitutos de las horas que nunca llegamos a dedicar a nuestros hijos verdaderamente.
Tenemos un defensor del menor, cientos de asociaciones de madres y padres, de federaciones de asociaciones. Tenemos pensadores y educadores, filósofos y pedagogos. Tenemos el estado del bienestar, pero aún estoy esperando una voz que diga “basta“, que denuncie la absoluta manipulación que es la publicidad infantil y las tremendas dosis de esta publicidad que se les administran a nuestros niños diariamente, durante muchas semanas.
Imaginemos a uno de ellos delante de una pastelería, donde un hombre se dedica a gritarle lo maravillosos que son los pasteles, que no puede quedarse sin el suyo, que la vida no tiene sentido sin ellos. Luego le enseña pasteles gigantes, de todas las formas y colores, mientras deja caer a su alrededor chorros de jugoso chocolate, de caramelo, de mermelada.
Un país que no cuida a su infancia es un país sin futuro, y un niño cuyo mayor desencanto es no poder conseguir un maldito pastel, o cuyo mayor castigo es conseguir demasiados a la vez está entrando en un mundo falso, donde sus expectativas no son las suyas, sus sueños no son los suyos y su futuro les llega demasiado deprisa para poder aprehenderlo.
Pero no se preocupe: ya está todo previsto. Cuando crezcan un poco, podrán ir a un casting para salir del anonimato. Los mismos creativos que fabrican la basura que les administran en estas fechas ya han pensado en cómo sacarle partido a su pubertad: no importa la desilusión de los veinte o treinta mil que se quedan en el camino, ni la caída de los que creyeron que habían llegado, sino todos los mensajes y llamadas, bailes, ropa o discos que vamos a venderles, como ya entonces les vendimos los juguetes.
Menos mal que ya han pensado en todo por nosotros, para que usted sólo tenga que disfrutar de las cenas familiares y el espíritu navideño.

1 dEurope/Berlin May dEurope/Berlin 2009 a las 12:01 am
El capitalismo y la globalización nos han robado la fantasía y la ilusión y la posiblidad de ser felices con nada…
Como si para ser felices necesitaramos cosas, más cosas,mas felicidad…