El templo

Había una vez un pueblo muy pobre, en el que sus habitantes apenas podían conseguir lo suficiente para comer.  Sin embargo, eran muy religiosos y cumplían rigurosamente con los ritos y ceremonias que les imponían sus creencias. Adoraban a Makmet, el dios Sol, de la única manera posible, ya que, según la ley, era obligado construir un templo cerrado donde celebrar los días sagrados. El jefe de la aldea, el sabio Alikáral, se veía obligado a realizarlos a plena luz del día, porque no tenían suficiente para construir nada más que las pequeñas chozas donde vivían.

Un día pasó por allí un peregrino al que dieron cobijo, y con el que compartieron el escaso alimento del que disponían. En agradecimiento, antes de partir el peregrino les reveló quién era.

- Soy Ankhet, terrateniente de Merat, y voy a regalaros los ladrillos de adobe con los que construir el templo a vuestro dios. Sólo os pido que se levante, con todo su esplendor, en lo alto de aquella colina.
- Eres muy amable, Ankhet de Merat -contestó el sacerdote. Lo haremos como dices.

Todo el pueblo participó durante los dos largos años que se necesitaron para la construcción. Una vez terminado, y cuando preparaban la gran fiesta para su inauguración, se presentó de nuevo el peregrino, acompañado por los soldados del emperador.

- Ese templo me pertenece.
- ¿Cómo dices, Ankhet? -se extrañó Alikáral. Tú mismo nos regalaste los ladrillos para construir un templo a nuestro dios. No puede ser tuyo.
- Mío es -respondió Ankhet. Habla, soldado.
- He aquí un escrito donde consta que los ladrillos pertenecen a este hombre -dijo el soldado. Y he aquí otro escrito donde consta que la colina donde se levanta la construcción también le pertenece. No podéis reclamarle nada.
- Pero nosotros somos los que hemos levantado el templo con nuestro trabajo.
- Os estoy muy agradecido -dijo Ankhet.

Los aldeanos se retiraron en silencio, siguiendo al sacerdote. Al llegar la noche, un hombre se acercó a su choza, visiblemente irritado.

- ¿Qué quieres, Inahi?
- Señor: justo es que los ladrillos y la colina pertenezcan a Ankhet, a quien Makmet haga pagar su engaño, pero no así el fruto de nuestro trabajo. Todo el pueblo está dispuesto a acudir a la colina y destruir el templo, para que sólo conserve lo que realmente es suyo, y no lo que es nuestro.
- Ve y calma a tu gente, Inahi. Si aniquilamos el templo no castigaremos a Ankhet, sino a nosotros mismos, porque lo único que destruiríamos sería nuestro propio trabajo.
- Sí, pero él tiene un inmenso hogar gracias al fruto del sudor de nuestra gente, mientras que nosotros no tenemos nada.
- Te equivocas, Inahi: nosotros tenemos lo más importante, que es el trabajo realizado para conseguir aquello en lo que creíamos. Ankhet sólo tiene un nuevo hogar, y además como fruto del engaño.

Mucho tiempo después pasó por allí otro peregrino que, al abandonar la aldea, les hizo una propuesta parecida.

- Como agradecimiento a vuestra hospitalidad, y sabiendo lo que me habéis contado sobre el templo y el engaño de que fuisteis objeto, quiero recompensaros por vuestro esfuerzo y paciencia. Yo os daré todos los ladrillos necesarios para construir uno nuevo.
- Eres muy amable -dijo el sacerdote, y estaremos felices de recibirlos, listos para empezar la obra en cuanto nos llegue tu generoso presente.
- Señor -dijo Inahi. No pretendo dudar de nuestro huésped, pero, ¿cómo sabemos que no nos engañarán de nuevo, que otra vez nos quedaremos sin el templo después del duro trabajo de años?
- No lo sabemos -dijo Alikáral.
- Entonces, ¿por qué empezar si no estamos seguros de que será nuestro cuando esté terminado?

El sacerdote miró a su alrededor, contempló aquellos rostros enjutos, endurecidos por el sol y el duro trabajo en los campos de donde apenas conseguían extraer lo suficiente para vivir todo el año. Todos los ojos estaban fijos en él, expectantes y cansados, pero listos para la tarea.

- Porque lo importante no es el templo, ni que Makmet tenga o no un hogar donde recibir nuestras plegarias y sacrificios.
- Y, ¿qué es lo importante, señor?
- Lo importante es construirlo. Lo importante son todas nuestras manos unidas en el mismo trabajo. Lo importante, Inahi, es el esfuerzo.

3 Respuestas a “El templo”

  1. novinha Dice:

    Mola. La moraleja la pongo yo…

    - El comunismo dice que el trabajo colectivo es bueno, pero que además, hay que destronar al poseedor de la colina y los ladrillos
    - El nacionalsocialismo dice que el trabajo colectivo es de todos los (arios) que trabajaron
    - El capitalismo dice que el trabajo colectivo es del poseedor del capital
    - El liberalismo dice que cada trabajador debería haber decidido si quería trabajar o no.
    - El nacionalismo dice que ese templo quiere independizarse del pueblo pobre
    - Los cristianos dicen que los mansos heredarán la tierra.

  2. admin Dice:

    Magnífico corolario, especialmente ahora que he visto que me acusan de justificar la explotación con este cuento.

  3. A.F. Dice:

    Bellísimo cuento. Es el que cada día tantas veces le cuento a mi hija y mis hijos, referido a la escuela, referido a la vida. No importa la nota que saquen, importa el esfuerzo que pongan para conseguila. Importa porque es la manera que los prepara para la vida. Buscar lo que quiero luchar por lo que quiero. Saber que el 10 me lo ponen, o no, pero el placer de saber que hice lo mejor por conseguirlo es solo mío. También la frustración si no llega. De eso se compone la vida. La frustración para un nuevo esfuerzo.

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